Personas de distintas localidades del país y del exterior, vienen pidiéndome que me lance a la actividad política y promueven desde ya mi nombre como aspirante presidencial. He afirmado que debo tomarme un tiempo prudente para decidir una cuestión de tanta envergadura, pero que, en tanto llega ese momento, estoy consultando con la gente, visitando hogares, grupos y comunidades, conociendo sus opiniones y actitudes. He querido comparecer hoy ante ustedes para compartir algunas reflexiones.
Lo que estoy encontrando en mis contactos son ciudadanos irritados y decepcionados; incluso personas de entre quienes pusieron sus esperanzas en el resultado electoral del año pasado, gritan hoy su frustración y se consideran engañadas. Hay quejas de que se habla mucho pero que escasean los hechos positivos, que el costo de la vida sigue muy elevado, que los servicios han empeorado, especialmente la energía eléctrica, y que ha crecido la inseguridad.
Estamos en presencia de un liderazgo que no nos conduce en la línea correcta, mientras el gobierno anda pegando parches, sin un plan para enfrentar los problemas desde sus causas. Cada cierto tiempo nos miramos todos a la cara al escuchar al Presidente de la Republica lamentando que el país sea un caos y pronosticando catástrofes. Sin embargo, ni la sorpresa ni los temores presidenciales tienen justificación lógica; hace tiempo que la vida nacional es, más que un caos, un infierno, a pesar de estadísticas gubernamentales extraídas al parecer de una dimensión virtual.
En efecto, todas las investigaciones aplicadas a la realidad nacional prueban que la inmensa mayoría de la población sigue excluida, empobrecida y sin esperanzas en un futuro mejor.
De cada 100 dominicanos, 56 son pobres y 28 muy pobres; las cifras del desempleo y el subempleo superan el 35% de la Población Económicamente Activa, la escolaridad promedio de la fuerza laboral no supera el nivel primario; el parque productivo es tecnológicamente obsoleto y productos claves de la economía pierden competitividad en los mercados; las remesas han perdido valor, los hogares están en zozobra permanente, la corrupción parece no tener fin y los delincuentes imponen el terror en las calles. Mientras, el gobierno impone su insaciable voracidad fiscal, solamente para gastar en burocracia excesiva y en hacer más de lo mismo.
Se trata de un triste balance y una dolorosa prueba del fracaso, a lo largo de la historia, de nuestros administradores, cuya credibilidad colapsa en forma progresiva. Nuestros gobernantes parecen no tener plena conciencia de que los problemas que agobian al pueblo dominicano son de una gravedad tan abrumadora, que ningún grupo o partido cuenta por sí solo con capacidad suficiente para enfrentarlos con éxito. A pesar de estar frente a este cuadro de espanto, vemos a dirigentes con posturas prepotentes y excluyentes y discursos vacíos. Algunos se pretenden poseedores absolutos de la verdad, pero no resuelven nada.
Es quizá como consecuencia de los problemas largamente acumulados y a la pérdida de confianza de la población en las opciones conocidas, que el país está buscando un nuevo liderazgo, y debe ser el motivo por el cual a quien les habla se le está invitando a competir por la Presidencia de la República. Se me han mostrado estudios y encuestas en las que aparezco con un alto average al comparar distintas personalidades a partir de los valores y cualidades que debe reunir el liderazgo que requiere el país en estos momentos. Muchas personas se dirigen a mí, calificándome como “el hombre que hacefalta para enderezar este país”.
Obviamente, estoy consciente de que la cosa no es tan simple. En todo momento de mí vida he sabido responder a los llamados del deber, tanto en las filas castrenses, hasta que fui puesto en retiro por el actual gobierno, como en las distintas funciones que me ha tocado desempeñar. Mi visión de la actividad pública ha sido siempre la de un gerente, justo pero exigente, especialmente en lo que tiene que ver con el cumplimiento de la ley y la sujeción a un plan con objetivos de interés general. En virtud de ese enfoque, debo ser cauto a la hora de tomar una decisión respecto a una aspiración presidencial.
He probado tener un concepto profundamente ético del servicio público y del cumplimiento de las normas; no me seduce el brillo del poder por el poder mismo, aunque sí creo que éste puede ser útil a la comunidad si se usa para servir al bien común y no a intereses particulares. En tal sentido, cabe preguntarnos: ¿Para qué querríamos el poder?
Desde mi punto de vista, debemos determinar si estamos decididos a concertar y aplicar, seria y consistentemente, un Plande Nación cónsono con la profundidad de la crisis social acumulada y capaz de ayudarnos a superar las debilidades comparativas de nuestra economía.
Es necesario un plan alrededor del cual se unan todas las fuerzas de la sociedad dominicana, bajo la inspiración y la guía de un liderazgo político y social comprometido y con la vocación, la honradez y el coraje para hacer posible que en la República Dominicana podamos:
-Erradicar la improvisación, la corrupción y la politiquería;
-Eliminar la pobreza y la crisis energética;
-Cumplir y hacer cumplir la ley;
-Respetar y hacer respetar el derecho ajeno;
-Preservar el tesoro de la Libertad y
hacer cada vez más fuerte a la Justicia;
-Mantener a raya a los delincuentes,
sean de la calle o de cuello blanco;
-Fomentar el crecimiento económico con desarrollo humano;
-Promover oportunidades para los más pobres, la equidad social y el mejoramiento de los servicios;
-Preservar los recursos naturales y medio ambientales;
-Invertir lo que es debido en educación, salud, seguridad social y vivienda popular;
-Superar los déficit de la economía en materia de tecnología y paridad de los términos del intercambio comercial, subsidios y medidas compensatorias, en la formación del capital humano y en el costo y acceso a fondos para el desarrollo;
-Rescatar la confianza en las instituciones y la vigencia de nuestros valores y creencias.
En fin, trabajar centrados en los objetivos de un Plan de Nación previamente consensuado y ejecutarlo con la participación de la sociedad a través de una reforma constitucional e institucional avanzada y orientada hacia la apertura democrática. A través de tal reforma debemos establecer instrumentos como el Referéndum y el Plebiscito para adoptar las grandes decisiones nacionales con la participación del pueblo; así como el de la Revocación Popular de los administradores públicos que incumplan sus compromisos y obligaciones frente a la constitución, la ley y la sociedad. Nuestros líderes no siempre han sabido corresponder al poder de representación que se les ha otorgado.
Debemos fortalecer nuestras instituciones representativas, pero es indispensable ir más allá de ellas, restituyéndole al pueblo dominicano parte del mandato que actualmente delega. Si no queremos seguir fracasando y acumulando los problemas, ha llegado la hora de que instauremos una DemocraciaParticipativa y Popular, por medio de la cual la sociedad controle al poder y obligue a los funcionarios a sujetarse a la ley y a las buenas costumbres, y a respetar sus compromisos con los electores.
Es en ese orden de ideas que tiene sentido para mí la participación en la política. A este respecto, cabe preguntarnos ¿con quiénes contaríamos para asumir el reto y los sacrificios que implicaría la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir los objetivos del Plan de Nación? ¿Cuáles son los sectores y actores sociales, a nivel nacional y de provincias, con la visión y el coraje para suscribir unNuevo Pacto Social en la República Dominicana, y para auto imponerse los sacrificios que implicaría el cumplimiento de los objetivos del Plan de Nación?
Personalmente, y junto a mi familia, creo en la necesidad de luchar para preservar el Estado de derecho y las libertades; creo en la necesidad de luchar para procurar, en el marco institucional, los planes y acciones que necesitamos urgentemente para que el hogar de cada dominicano y cada dominicana sea un espacio de paz y de felicidad y para que el barrio, el campo, la escuela, la fábrica o la oficina sean espacios de construcción de un futuro mejor para todos, en un ambiente libre de todo temor.
Siempre he asumido responsabilidades y estoy dispuesto a seguir asumiéndolas. Pero, como dice la sabia expresión popular, una golondrina no hace verano; es la sociedad dominicana, impulsada por sus actores más probos y decididos, pero como un todo, la que tiene que ponerse de pie y decidir que podemos vivir de una manera diferente. En una palabra, que ni un grupo ni un hombre, aisladamente, son suficientes; que para dejar atrás esta pesadilla, los dominicanos debemos unirnos en un compromiso patriótico, ponernos todos a una como dicen nuestros campesinos.
Nadie nos va a regalar lo que necesitamos; nuestro destino tenemos que construirlo nosotros mismos, luchando juntos, trabajando honradamente, apegándonos a la verdad y a la ley, respetando el derecho ajeno y haciéndonos respetar, siendo leales y solidarios con los más débiles, teniendo más fe en Dios y en la Virgen de la Altagracia.
Por ahora he preferido incursionar, no en el debate político sino en la discusión sistemática de los problemas de fondo del país, en diálogo abierto con los distintos sectores y organizaciones sociales y con sus líderes.
Trataré de presentar en esos escenarios mis modestos aportes y mis ideas de cómo encarar y resolver la problemática nacional, y de conocer lo que opinan los demás respecto a los grandes temas sociales, económicos e institucionales. Poco a poco, iremos identificando y concertando alternativas de solución a los problemas, incluyendo prácticas de humildad y tolerancia ideológica para superar las divisiones.
En resumen, pueblo dominicano, señoras y señores: Quien les habla asume que es ciertamente necesario dar un paso adelante los que estemos dispuestos a asumir el liderazgo responsable, competente y veraz que exige la grave crisis del modelo dominicano de vida, pero que no debemos seguir creyendo que un solitario protagonista, sea partido o líder, nos va a salvar, sino que cada quien debe asumir su cuota de responsabilidad y hacer el compromiso de trabajar por el bien común, especialmente por los más pobres.
En fin, que debemos todos inspirarnos en los valores cristianos y en los nobles objetivos de los fundadores de la Republica, para construir una nueva vidapor y para los dominicanos, impulsándola y garantizándola por medio de una nueva institucionalidad, basada en la Democracia Participativa y Popular que acabo de enunciar, en un proceso permanente de concertación y participación, en el que la sociedad discuta abiertamente sus problemas, formule un Plan de Nación con objetivos realistas y promueva un cambio radical, basado en un Modelo Económico enfocado en el Crecimiento con Desarrollo Humano, la Competitividad y la Sustentabilidad; así como en el monitoreo de la sociedad a los gobernantes y en la revocación del mandato a los falsos profetas.
Este es, a mi juicio, el desafío; si se me convoca para enfrentarlo y nos integramos todos para triunfar, la sociedad dominicana podrá contar con Pedro de Jesús Candelier.
Continuaré mis contactos para comprobarlo y luego anunciaré mi decisión final. Aplaudiré toda opinión, pero sobre todo apreciaré elcompromisodeluchar por el país que todos queremos, que no es otro que el que soñaron Duarte, Sánchez y Mella y nuestros héroes y mártires a lo largo de la historia, bajo la inspiración de la trilogía imperecedera de ¡Dios, Patria y Libertad!
QUE DIOS NOS BENDIGA A TODOS! MUCHAS GRACIAS.